Patti Smith conmueve en el Anahuacalli

Patti Smith Con canciones emblemáticas y homenajes a Diego Rivera y Frida Kahlo, Roberto Bolaño y los periodistas asesinados recientemente en Veracruz, la cantante y compositora actuó en el contexto del fmx-Festival.

El punk es una actitud, un estado mental, había dicho en su conferencia de prensa del viernes, y a las pruebas se remitió.
Ciudad de México • Al informar sobre la victoria del 5 de mayo de 1862, el general Zaragoza escribió en su parte al secretario de Guerra, Miguel Blanco Múzquiz: “Las armas nacionales se han cubierto de gloria”. Ciento cincuenta años después podríamos informar que la noche del sábado 5 de mayo de 2012, la explanada del Museo Anahuacalli también se cubrió de gloria.

En un momento determinado un coro multitudinario coreaba, una tras otra, las letras del nombre: G, L, O, R, I, A, para luego estallar en un grito colectivo, como de guerra: “¡Glooori-a!”. Patti Smith volvía a hacer suya la canción de Van Morrison para crear uno de los momentos más trepidantes de su primer concierto en México como parte del fmx-Festival de México. En esta noche de gloria se vivió un sentimiento colectivo de hermandad que la música puede lograr cuando hay una entrega como la del ejército de la comandante Smith y su lugarteniente de tantos años, Lenny Kaye y su guitarra solidaria.

Luego de un aburrido preámbulo, cortesía de un grupo de folk-rock llamado Saint Maybe, recomendado por Patti Smith —ya saben, es de sabios equivocarse—, el ambiente antes del concierto era distinto a otras presentaciones.

La típica música de éxitos del momento —y del pasado— había sido sustituida por una selección de canciones de Cab Calloway, como “Minnie the Moocher” y “St. James Infirmary”.

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El punk es una actitud, un estado mental, había dicho Patti Smith en su conferencia de prensa del viernes, y a las pruebas se remitió. Saludada con una gran ovación desde que pisó el escenario, tenía a sus pies a un público multigeneracional, pero venía por más. “¡Hola, Brothers and sisters!”, saludó y arrancó la noche con “Dancing Barefoot”, y no paró, salvo unos cuantos minutos en que cedió el papel estelar a Kaye y el grupo. Quienes pensaban encontrarse con un espectáculo conservador, cumplidor, se maravillaron al toparse con esta mujer indoblegable, capaz de sostener la emoción durante casi dos horas y llevar al público a cimas de paroxismo.

Con 65 años a cuestas, profusamente vividos, con sus pérdidas y ganancias, con sus miserias y grandezas, Patti Smith es real y reales son su música y su poesía.

“Sí va a aguantar la hora y media, pinche energía”, dijo alguien en el espacio destinado a los fotógrafos.

De la evocación caótica y decadente de “Space Monkey” pasó a la agridulce atmósfera de amor y suicidio en “Redondo Beach” y su mensaje de paz en“Ghost Dance”.

Entre canción y canción la cantante y compositora se paseaba por el escenario, saludaba al público, reía, se emocionaba. “Estoy feliz”, dijo y lo comprobamos al ver su gran sonrisa, el calor en sus mejillas y la luz de su mirada.
En una especie de poemacanción recordó que vino sola a la Ciudad de México hace más de cuatro décadas. Sólo era una jovencita que buscaba café./ Caminé por las calles de la Ciudad de México, /tenía 23 años en 1970./ Estaba sola, sin que nadie me lastimara/ me sentía libre en la Ciudad de México.

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Durante casi dos horas, al menos, ante Patti Smith fuimos libres, mientras dedicaba canciones a Roberto Bolaño, a Diego, Frida y su gente, a un amigo fallecido, a los periodistas asesinados en Veracruz. Mucha emoción, demasiada adrenalina, sobre todo cuando entonó “People Have the Power” o “Because the Night”.

Los acordes patibularios del piano abrazaron la frase: “Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los míos”, para desembocar en una versión candente de “Gloria” que fue en un crescendo ardoroso, explosivo e incontenible. La presencia escénica de la cantante y su voz arropada por el grupo que incluyó a Jack Petruzelli en la guitarra, Tony Shanahan en el bajo y Dee Daugherty en la batería habían puesto de cabeza el Anahuacalli.

Patti Smith habría de retornar al escenario para regalarnos otra dosis de adrenalina de alto octanaje con su Rock and Roll Nigger. En la explanada del museo sólo había lugar para la catarsis, provocada por un alma indómita, una artista que hace de la palabra un látigo para fustigar los abusos.

Gloria a Patti Smith y su ejército que nos regalaron una noche que habrá de permanecer en la memoria porque, además, fue un 5 de mayo.

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