El acceso al cine se limita a la clase media y alta:

 

El arte de vivir con los otros, con los diversos y los diferentes, se desvirtuó en el país al perder uno de los espacios culturales de convivencia preponderantes para los mexicanos de las décadas de los años 40 a los 50 del siglo XX: el cine, restringido para los sectores populares en la actualidad.
Ana Rosas Mantecón, ponente del Simposio “Cine y ciudad” -realizado en el marco del II Congreso Nacional de Antropología Social y Etnología, que inició ayer en Morelia-, e investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), expuso que la época del cine de oro obtuvo su glorioso lugar en la historia no sólo por el éxito de las producciones, directores y su cartel de estrellas, sino derivado del lugar que esta práctica ocupó entre la población de aquellos años.
Práctica que se constituyó en un espacio al que no sólo se acudía para ver cine, sino en el que se configuró la identidad urbana, de barrio, citadina y llegó a ocupar un lugar central en la vida de toda la población que, sin distinción social, tenía la posibilidad de elegir de una gran diversidad de salas y películas, no como ahora, en que los cines -señaló- se tornaron palacios de exhibición segregada.
Acudir a una función significaba encontrarse con un espacio de sociabilidad e inmerso en una práctica que -en épocas donde el otro se convierte siempre en sospechoso- te llevaba a confiar en el otro, a relacionarte, a reunirte de manera indiferenciada”.
A fines del siglo XIX incluso, comentó, las autoridades buscaban el modo de suprimir el rol protagónico del espectador que en carpas y teatros podían exigir la repetición de alguna vista de lo proyectado, que se detuviera la cinta o se tomaban por derecho lanzar sillas al proyector si la exhibición no había sido de su agrado.
Las autoridades poco a poco expropian y acotan el espectáculo, queda a la postre la idílica era del cine de oro y sobreviene la crisis a fines de la década de los 70 y principios de los 80, “es el fin de la ciudad moderna”, y en la recta final de los años 90 se habla “del término de la comunión colectiva y de su vinculación con el espacio urbano”.
La recomposición del campo audiovisual (el auge de la televisión, luego del DVD, los videojuegos, el Internet, el iPhone, el iPad…) y el equipamiento urbano terminan por impactar en la extinción del cine como se conocía, y que transmuta a entretenimiento restrictivo, cuyo espacio urbano y colectivo termina constreñido en centros comerciales.
El acceso al cine se limita a sectores económicos medios y altos, y aunque -prosiguió- se dan intentos de buscar público popular y de articular la relación cine y ciudad, no ocupa igual lugar: “Los centros comerciales son espacios semipúblicos que obligan a formas de urbanidad templada entre gente parecida y en los que no tiene cabida la diferencia”.
La experiencia de la diversidad sociocultural y aquella posibilidad de ejercer la urbanidad es exterminada de ese espacio: “Al dejarlo a las fuerzas del mercado se busca una sola parte del público, el que puede pagarlo, y deja fuera a gran parte de la población”, manifestó la investigadora.
Situación que además -apuntó- incidió e impactó al cine mexicano tanto en el ámbito de la producción y la exhibición como en los contenidos: “Multiplicaron el número de salas y no la oferta, crearon muchas pantallas para un solo discurso: el de Hollywood y sus películas de acción y comedia. Ver buen cine mexicano es difícil porque se proyecta (si bien le va) en las peores fechas y horarios”, aunado a que su lenguaje busca adaptarse a la moda del mercado.
El derecho a la diversidad también se anula en ese espacio y eso propicia descomposición del tejido social, una vez que el Tratado de Libre Comercio (TLC) entra en vigor, el arte del cine se convierte en un producto más, y ante la ausencia y falta de permanencia, año con año surge la dosis, el ‘festivalitis’ que se convierte en un breve paliativo, abundó público asistente y Antonio Zirión Pérez, investigador de la UAM.

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